Hoy por la tarde ha ardido el monte en A Espenuca. Afortunadamente, poca extensión y situada en una zona de escaso valor ecológico.
Según los agentes de la Guardia Civil consultados, la causa ha sido un accidente en la finca de un restaurante que —aunque la hierba estaba muy bien cortada— pasó al monte contiguo. La quema de matorral denso y alto provocó una intensa humareda que de lejos hacía presagiar algo peor, por la proximidad a la capilla y a las casas. La pronta actuación de dos helicópteros, cuatro autobombas y seis brigadas logró que la superficie quemada no superara las 4 hectáreas, afectando únicamente al sotobosque.
En el pasado invierno, cuando finalizamos la reforestación de la parcela A Ruza, una sombra de temor nos llevó a pensar que todo ese trabajo podría perderse en un instante por culpa de un incendio. Aún tendrán que pasar varios años hasta que los árboles plantados pasen del actual porte arbustivo a tener porte arbóreo. Durante ese período no podrán interceptar suficiente luz como para limitar el crecimiento del matorral en el sotobosque, ni crear las condiciones de mayor humedad y de menor temperatura que dificultan el paso del fuego y reducen su intensidad. Éste es el drama de la restauración de los bosques. Precisamente cuando más necesitamos recuperarlos, para que nos ayuden a atenuar la crisis climática capturando carbono atmosférico y aumentando de paso la resiliencia de los montes, más vulnerables son frente a las llamas.
Ante el fuego hay que mostrar respeto, prudencia y previsión. La situación actual nos lleva a meditar en la necesidad de incidir en la formación, en la prevención y en la adopción de medidas de autodefensa de toda la ciudadanía. Necesitamos proteger vidas y propiedades, patrimonio monumental y natural. A diferencia de hoy, no siempre tendremos disponible un equipo de profesionales que nos libre del avance de un incendio.














